NOTICIAS DE BENITO JUÁREZ GARCÍA

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BIOGRAFÍA BENITO JUÁREZ

TEXTO DE PRESENTACION
“En la Sala Iconográfica, del Recinto de Homenaje a Don Benito Juárez en Palacio Nacional, se admira una preciosa obra de arte; es también un retrato, el del Presidente Juárez, en un óvalo de 40 centímetros de alto por 33 de ancho.
Mas lo excepcional de él es que los trazos están formados con el texto manuscrito de la biografía del Benemérito y una minuciosa crónica de sus solemnes funerales el 22 de julio de 1872. La letra, diminuta, apenas alcanza una altura de dos milímetros; más, a la distancia de dos metros, los trazos se confunden y el parecido es admirable.
Con una lente es posible leer el relato de una vida ejemplar, que, aún ya para extinguirse, alentó en sus últimos instantes con el pensamiento puesto en la salvación de los destinos de México.
Diluidas en el dibujo de las cejas, estas palabras: Libertad o Muerte, y, a la altura de sus ojos, una cenefa ornamental que expresa, entre símbolos de las ciencias y las artes, los nombres de grandes generales republicanos”.
Firma esta excelente obra caligráfica el artista E. F. de Lizardi, "inventó y dibujó. 1877".
Retrato del Presidente Benito Juárez
Caligrafiado por E.F. Lizardi (1877)
TRANSCRIPCIÓN DEL TEXTO CALIGRAFIADO
(Se ha respetado la ortografía y la puntuación del autor.)
En la Sierra de Ixtlán, del estado de Oaxaca, se encuentra el pequeño pueblo de Guelatao en que nació Juárez el 21 de marzo de 1806. El presente croquis representa la humilde casa en que nació el ilustre finado. El gobierno del Estado de Oaxaca acordó ya, entre otras cosas, comprar esa propiedad para levantar allí un monumento.

Los padres del grande hombre, indios de raza pura, que aunque pobres no carecían de algunas comodidades, murieron apenas su hijo había entrado en los cuatro años de edad. Creció hasta los doce años, sin saber leer ni escribir, ni aun siquiera hablar el idioma español; pero había en .Juárez el instinto del saber, el deseo de cambiar de posición elevándose por su propia fuerza de voluntad, y una constancia inquebrantable que ha sido el gran poder en que se ha apoyado durante los más críticos momentos de su existencia.
Un día del año de 1818 abandonó Juárez la casa de un tío con quien vivía y marchó a Oaxaca. Allí aprendió a leer y a escribir en casa de un señor Salanueva que se declaró su protector y el cual le hizo inscribir en el seminario eclesiástico, donde comenzó el curso de latinidad en 1821 y el de filosofía en 1823, terminando brillantemente los estudios en 1827. Rehusando entonces Juárez las instancias de su protector que lo inclinaba a la carrera eclesiástica, emprendió la abogacía en el Instituto de Artes y Ciencias. Obtuvo en 1829 la cátedra de física experimental, que desempeñó con aplauso, en 1832 el grado de bachiller y, por último, el 13 de enero de 1833 el título de abogado de los Tribunales de la República.
Ya en el año de 1831 había sido electo popularmente Regidor del Ayuntamiento y un año más tarde, diputado al Congreso del Estado; principiando así su carrera política, y figurando desde entonces en el Partido Liberal. Fue preso en 1836 a consecuencia de una revolución fracasada contra el Partido Conservador. En 1844 se le nombró Juez Civil y de Hacienda, cargo que desempeñó por tres años, siendo llamado a la Secretaría de Gobierno por el General León en 1845. Pero no era posible estuviesen de acuerdo las ideas y despotismo de León con los principios liberales de Juárez, abandonando éste bien pronto su puesto gubernativo para ocupar el de Ministro Fiscal del Tribunal Superior de Justicia. Triunfa afines de 1845 el plan absolutista de Paredes; pero en agosto de 1846 triunfa otra revolución liberal; el Estado de Oaxaca reasume su soberanía, y una junta legislativa pone el poder ejecutivo en manos de un triunvirato compuesto de Fernández del Carpio, Arteaga y Juárez.
Poco duró esa administración, pues declarada la Constitución Federal de 1824, fue elegido Arteaga para gobernador del estado, y Juárez para diputado al Congreso General Constituyente que se reunió en la Capital de la República el mismo año de 1846 en que estalló el movimiento.
Aquel Congreso tuvo una difícil tarea que llenar. Era a la vez legislativa y constituyente, y entre sus trabajos más urgentes se contaba el arbitrar recursos para la guerra tan desastrosamente empezada contra los Estados U nidos. La coalición de los partidos clerical y moderado en contra de las medidas económicas propuestas en aquel congreso para salvar la situación, produjo nuevos males a la República. Las tropas nacionales fueron vencidas; sus puertos y ciudades principales ocupadas; y en medio de tantas calamidades cierra el Presidente Santa Anna el Congreso y transige con el partido clerical, y no tarda en abrir sus brazos al invasor.
No es nuestro ánimo detenernos en los acontecimientos de aquella guerra, sino en sólo aquellos hechos relacionados con la vida de Juárez. Fue éste electo Gobernador Constitucional de su Estado natal en 1847 para reemplazar a Arteaga, dimisionario, reelecto dos años más tarde, desempeñó el cargo hasta 1852, dando en los cinco años de su administración las pruebas más; relevantes de sus cualidades de gobierno.
Dedicóse, apenas cumplió su término, a practicar su profesión de abogado, sin que gozara muchos meses de tranquilidad; pues en mayo de 1853 fue arbitrariamente preso por Santa Anna y expulsado de su patria.
Llegó a La Habana, de donde pasó a Nueva Orleáns, en cuya ciudad vivió pobremente hasta 1855, en que se embarca, atraviesa el Istmo de Panamá, desembarca en Acapulco y se incorpora al General Álvarez, que mandaba en jefe las tropas defensoras del Plan de Ayutla. Triunfa la revolución, Santa Anna huye al extranjero, y Álvarez, declarado Presidente de la República, nombra a Juárez Ministro de Negocios Eclesiásticos.
El 22 de noviembre de aquel año firmó el Presidente la famosa Ley de Administración de, Justicia conocida con el nombre de Ley Juárez. Esta suprimía los tribunales y fueros privilegiados del clero y del ejército; era un golpe terrible para el partido retrógrado que siempre había vivido apoyado en esos dos colosos. La inmensa mayoría de la República aplaudió la Ley; pero los conservadores juraron su destrucción. El General Comonfort, miembro del Gabinete, formó una transacción con los enemigos del Gobierno, y aprovechando varios motines militares que estallaron al promulgarse la Ley, hizo firmar a Álvarez su renuncia y el nombramiento de Presidente Provisional de Comonfort.
Quedó separado Juárez del Ministerio de Justicia; pero nombrado por Comonfort Gobernador de Oaxaca, pasó a ocupar su puesto que desempeñó con igual celo y acierto que la primera vez, siendo confirmado en su gobierno por el sufragio de 112 mil votos de sus conciudadanos. Entonces (septiembre de 1857) también fue electo por la República entera Presidente de la Suprema Corte de Justicia que, según la nueva Constitución, era de hecho Vicepresidente de la Nación, y al mes siguiente volvió al Gobierno a desempeñar la cartera de Gobernación, siendo su presencia en el Gobierno el único sostén de Comonfort, de quien desconfiaba ya el país.
Fundados eran los recelos contra Comonfort. Con anuencia de éste estalla un motín en 17 de diciembre, y Juárez, que quiso oponerse al desorden, es arrestado e incomunicado. El Congreso es disuelto. Pero Comonfort, que es a su vez desconocido por los amotinados que mandaba el General Zuloaga, abandona su puesto y pasa al extranjero dejando a Juárez en libertad y con el deber de defender la Constitución y las Leyes.
Las circunstancias en que asumió Juárez tan difícil tarea eran muy graves. El gobierno usurpador reaccionario establecióse en México, desconoció la Constitución y, contando con el ejército y el clero, presentaba un formidable núcleo de poder. Pero Juárez, apoyado en la Ley, y proclamando la Constitución, se establece en Guanajuato, expide su manifiesto en 10 de enero de 1858, nombra su Gabinete y es reconocido sucesivamente por los Estados como Presidente de la República.
Derrota tras derrota sufrieron los liberales al principiar la campaña. Perdido Guanajuato y perdida la batalla de Salamanca, trasládase el Gobierno a Guadalajara; pero estalla un motín, y Juárez, sus ministros y un gran número de empleados caen prisioneros. Sólo la seguridad personal de los amotinados, amenazados por fuerzas superiores que se acercaban, impidió que Juárez y sus compañeros fueran fusilados. Los revoltosos los pusieron en libertad, pactando que se les permitiese retirar sin ser atacados por los liberales. Perdióse a su vez Guadalajara, y el mismo Juárez con su Gobierno se vio atacado en Santa Ana Acatlán, debiendo a su serenidad su salvación.
Llegado a Colima, Juárez nombró Ministro de la Guerra y Gobernación a Santos Degollado, a quien dio facultades extraordinarias para continuar la campaña en el norte y occidente; y determinado a establecer su gobierno en Veracruz, se embarcó en Manzanillo, tocó en Acapulco, atravesó el istmo de Panamá, llegó a La Habana, pasó de allí a Nueva Orleáns y desembarcó por último en Veracruz con su gabinete, el día cuatro de mayo, en momentos en que aquella plaza se hallaba en circunstancias muy críticas.
Puede decirse que Juárez, al establecer su gobierno en Veracruz, no contaba más que con la opinión pública, teniendo. En contra los formidables recursos materiales con que contaba la reacción, a quien desde entonces apoyaban la Francia, la España, y la Inglaterra. Dos años de desastres no interrumpidos en todo el territorio de la Republica redujeron a Juárez casi a la sola Ciudad de Veracruz en que llegó a verse sitiado por las numerosas tropas de Miramón. Pero no desmaya un momento; él no es un jefe de partido, representa la Ley; no hay más transacción que acatar la Constitución.
En la cenefa que cruza el retrato a la altura de los ojos se leen estas palabras:

LIBERTAD MUERTE

Sin protección no hay arte.

VALLE, ARTEAGA, OCAMPO, ZARAGOZA, JUAREZ, DEGOLLADO,
DOBLADO, COMONFORT, SALAZAR.

El fracaso de una expedición marítima salida de La Habana en auxilio de Miramón hizo a éste levantar el sitio de Veracruz; y entonces, tras una larga serie de derrotas, vinieron para los constitucionales los triunfos de Loma Alta, Tepic, Oaxaca y Silao. Estaba cercano el fin de la contienda. Mas era necesario aprovechar las circunstancias para expedir las famosas Leyes de Reforma, de julio de 1859, que, reclamadas por la opinión pública, vinieron a dar más fuerza al Partido Liberal.
La Batalla de Calpulalpan decidió el triunfo de la Constitución. El General Miramón, con los restos de su ejército, abandonó a México, que fue ocupado el 25 de diciembre por las armas liberales. El 11 de enero de 1861 entró Juárez en la capital y en el mes de marzo se verificó en la República la elección para el puesto de Presidente, dejado vacante por la defección y fuga de Comonfort. El concurrente de .Juárez era Miguel Lerdo de Tejada, persona dignísima que obtenía el apoyo de muchos liberales. Pero no obtuvo éste mayoría de votos; y cuando la elección de Juárez pasó al Congreso, todavía una porción de esa asamblea le opuso como candidato al General Ortega. Triunfó empero Juárez y fue electo Presidente Constitucional de la República; puesto que sólo interinamente había ocupado desde la fuga de Comonfort.
La Legislatura de 1861 fue muy turbulenta. Cincuenta y un diputados presentaron una exposición a Juárez pidiéndole su separación voluntaria; y otros cincuenta y dos en solicitud análoga le pidieron continuase en el puesto. El resto de los diputados, todos los gobernadores, todas las legislaturas, y la prensa casi unánime, apoyaron al presidente electo por el sufragio popular. Pero entretanto la reacción se armaba; partidas se alzaban en diferentes partes del territorio y una nueva desgracia más terrible que las anteriores amenazaba al país.
El antiguo proyecto de la reocupación de América por los europeos había llegado a ser un plan enteramente acordado y preparado. Principió a realizarse por la ocupación española de Santo Domingo. Tratábase de volver al estado colonial a las repúblicas americanas, y la guerra civil que había estallado en los Estados Unidos hacía fácil o posible todos esos proyectos.
El partido retrógrado mexicano, vencido en los campos de batalla y en las urnas electorales, perdido ante la opinión pública, llamó al extranjero a su Patria. La Francia, la Inglaterra y la España dirigieron sus escuadras al puerto de Veracruz, que ocuparon, y cuando, gracias a la política hábil y prudente del Gobierno Mexicano, se rompió la liga de estas tres potencias con la retirada de los españoles e ingleses, el cuerpo del ejército francés, ayudado de algunos traidores, invadió el centro del País y declaró la guerra, con el manifiesto objeto de derrocar la República y levantar un imperio sobre sus ruinas.
La victoria de Puebla el 5 de mayo de 1862, en que por primera vez ante la presente generación se vieron vencidas las huestes napoleónicas, inauguró la segunda Guerra de Independencia. Un año entero necesitó el invasor para vengar su derrota, siendo tomada Puebla (toma que hizo honor a los mexicanos) por el mariscal Forey el 17 de mayo de 1863. El 31 del mismo mes se retiró el Gobierno de la Capital; establecióse en San Luis Potosí. Allí permaneció Juárez hasta diciembre, de donde al avanzar los franceses victoriosos se retiró a Saltillo sin que en un solo momento dejase de combatir al enemigo ni fuesen bastantes los desastres ni las defecciones a dominar el ánimo de Juárez al mayor vigor de la defensa nacional.
Alzóse al trono efímero de Maximiliano, las tropas francesas, auxiliadas de traidores, se paseaban por el territorio; y Juárez permanecía tenaz defendiendo la independencia de su Patria y los principios republicanos. Del Saltillo retiróse el Gobierno a Monterrey, de allí a Chihuahua, adonde llegó el 12 de octubre de 1864; pero hasta esa ciudad llegan las fuerzas invasoras, y el 5 de agosto de 1865, tras nuevos desastres, sale Juárez de Chihuahua para Paso del Norte, seguido de unos pocos leales que hoy son conocidos en México con el nombre de INMACULADOS. Las penalidades llegaron entonces a su colmo. El mismo Maximiliano rindió tributo a la constancia de Juárez; pero éste tenía una misión que llenar; tenía que llevar enhiesta la Bandera de la Independencia de México, sin abandonar nunca el territorio; y en aquellos momentos en que todo parecía perdido, en que todos los ejércitos estaban vencidos y disueltos, y casi todos los generales muertos o pasados al enemigo, declaró Juárez en una circular enérgica su firme decisión de continuar la lucha contra los invasores.
A fines de octubre abandonaron los franceses la Ciudad de Chihuahua, para concentrarse; y el 20 de noviembre volvió Juárez a entrar en ella con su Gobierno, mas retrocedieron franceses y fue forzoso retroceder a Paso del Norte; hasta que abandonado definitivamente Chihuahua por el invasor, se estableció allí el Gobierno Nacional, el 10 de junio de 1866.
Entonces se verificaba un cambio feliz en la suerte de las armas nacionales, como seis años antes se había verificado. Las tropas republicanas obtenían triunfos en toda la extensión del territorio; se iban recuperando las ciudades y los puertos; y al paso que se retiraban las amedrentadas tropas de Maximiliano se alzaba por todas partes triunfante la bandera independiente. Los esfuerzos de Juárez triunfaban.
México triunfó, por ultimo de su poderoso enemigo. La sangre de Maximiliano fue corta paga a los males causados al país por la invasión. Después de apoderarse de las principales ciudades, la misma Capital cayó en manos del ejército vencedor, llegando a ella Juárez el 15 de julio de 1867.
Quedaba al Gobierno, después de su triunfo, la ardua tarea de reconstruir el país minado por tantos años de luchas y trastornos Juárez se dedicó a ello, con la misma constancia de que tenía dadas tantas pruebas; y cuando se verificaron las elecciones para Presidente, fue electo por una inmensa mayoría, y tomó posesión del cargo el 25 de diciembre de 1867.
La administración de Juárez hasta 1871 y los sucesos posteriores a su última reelección, son hechos harto recientes para que necesitemos recordarlos. Baste decir que ni los ataques más rudos de sus enemigos políticos, ni las numerosas insurrecciones armadas que ha tenido que combatir han logrado disminuir el temple de su alma. Más de cien revoluciones ha tenido México, desde 1867 hasta 1872, y la última acaudillada por el O. Porfirio Díaz, era verdaderamente formidable. Pues bien, Juárez las sofocó todas, y antes de morir tuvo la gloria de ver pacificado el país.
Cuando uno contempla esa humilde cabaña, no puede menos que sorprenderse pensando en lo que hizo el hombre que allí nació. Sólo entre los reformadores, el Cristo que nació en un pesebre y murió en una cruz, pudo hacer tanto como hizo el Indio de Guelatao. No se olvide cuál era la condición política de México, cuando Juárez enarboló contra el clero y la nobleza y los privilegios y los fueros, su bandera reformista. La sociedad estaba dominada por el confesionario y se la gobernaba desde el púlpito; se miraban como herejes a los liberales, y todo el antiguo ejército comprado por el clero era enemigo de la Reforma. Hacer lo que Juárez hizo con esa gente, en tales circunstancias, fue un verdadero milagro.
El Gran Ciudadano ha muerto. La Historia comienza para uno de los hombres más notables que ha producido el siglo XIX. Hijo de sus obras, Juárez se elevó hasta el más alto puesto de la política, y en el afecto de sus conciudadanos, merced a la indomable energía de su carácter, a su constancia ya sus virtudes republicanas.
Ninguno de sus contemporáneos que pueden comparársele le aventaja en la grandeza de alma, en la pureza de sus propósitos, ni en ninguna de las cualidades, que son atributo exclusivo de los grandes hombres.
Lincoln salvó a la Unión y extinguió la esclavitud apoyado .en leyes magníficas y con el concurso de un pueblo, práctico en el ejercicio de sus derechos y deberes. Pero J uárez hizo más: hizo germinar la semilla de la libertad en tierra árida y seca, donde no había aún prendido, y la hizo brotar un árbol corpulento de ramas dilatadas y de raíz jugosa. Salvó a su Patria de un extranjero poderoso, dedicó a sus conciudadanos su existencia entera, y les dio un nombre glorioso que hasta entonces no tenían en su historia. Dejó leyes donde no las había, y una República donde sólo existían los restos de una colonia, y sin gastarse su alma por los catorce años de uso continuo, rindió la vida en su puesto a la hora de ver la tierra de promisión, cuando su misma muerte viene aparecer como el último homenaje que hace a la paz y prosperidad de su patria.
Hombres como Juárez no aparecen sino una vez en la historia de las naciones; pero el cumplimiento de su misión facilita a los otros la tarea de llevar su puesto. La obra de Lincoln fue concluida fácilmente por el que debía sucederle en la Presidencia; la obra de Juárez, ya terminada con su muerte, tendrá un digno epílogo en la conducta del Pueblo Mexicano y en las virtudes del llamado a sustituirlo.
Después del luto nacional empezará para México una, nueva era, toda de paz y prosperidad. Con una vitalidad tan grande como pueblo y como nación, con sabias instituciones conquistadas con tanta sangre y con el noble ejemplo de Juárez para sus hombres públicos, ¿ qué nación se halló nunca en mejores circunstancias para labrar su felicidad?
Al terminar esta pequeña e imperfecta reseña biográfica que trazamos de prisa a las pocas horas de saberse su muerte en Nueva York la triste noticia, mandamos nuestro más sentido pésame a la Nación Mexicana ya toda la América Latina. En Juárez ha perdido la democracia uno de sus más ilustres representantes: México su Primer ciudadano; la Independencia de América, una de sus mayores glorias.

SUS FUNERALES

Desde la madrugada del 18 de julio (de 1872) el presidente se sintió algo indispuesto y no asistió temprano, como de costumbre, a su despacho: le dolía una pierna, y aún sentía alguna dificultad para respirar. Nadie, sin embargo, creía, ni él mismo, que la indisposición fuera grave. Así se pasó el día, sin que el público tuviera noticia del mal: únicamente lo supieron la familia del enfermo y algunos de sus amigos más íntimos; y de tan poca importancia parecía la indisposición que nada dijo de ella el Diario Oficial de aquella tarde.
Ya entrada la noche, el Sr. Juárez se sintió fuertemente atacado del mal de corazón que otras veces había puesto su vida en peligro. Llamados los médicos que le habían asistido en casos semejantes, hicieron cuantos esfuerzos estuvieron en su mano para salvarle, pero la enfermedad triunfó de la ciencia, y el Sr. Juárez expiró a las once y media de la noche.
El Sr. Lerdo de Tejada fue inmediatamente llamado a ocupar el poder conforme al Art. 79 de la Constitución que dice así: "En las faltas temporales del Presidente y en la absoluta, mientras se presente el nuevamente electo, entrará a ejercer el poder el Presidente de la Suprema Corte de Justicia". El 19 desde temprano se anunció que en la misma mañana haría el nuevo Presidente la protesta de ley ante la Diputación Permanente, por lo cual las galerías del. Congreso se llenaron de innumerables personas de todas clases deseosas de presenciar la ceremonia.
Desde las once el Sr. Sánchez Azcona, Presidente de la Diputación, ocupaba el sillón de la derecha bajo el dosel del Congreso.
A las once y media entró en el salón el Sr. Lerdo, vestido de luto; subió las gradas, estrechó la mano del Sr. Sánchez Azcona y leyó en un papel, en medio del más profundo silencio de la inmensa concurrencia, la protesta siguiente conforme al Artículo 83 de la Constitución:
"Protesto desempeñar leal y patrióticamente el encargo de Presidente de los Estados Unidos Mexicanos. Conforme a la Constitución, y mirando en todo por el bien y prosperidad de la Unión".
En seguida se retiró el Sr. Lerdo, y terminó el acto, retirándose también silenciosa la multitud.
El cadáver del señor Juárez fue trasladado de su casa particular a una de las piezas de la Presidencia, donde fue embalsamado. Se designó el día 22 para el entierro, haciéndose al efecto los más suntuosos preparativos. He aquí un extracto de aquella memorable ceremonia:
Desde las ocho de la mañana se hallaban ocupadas las calles que debía recorrer la comitiva fúnebre, por la mayor parte de la población de la Capital, que acudía ansiosa a ocupar un lugar desde donde pudiera contemplar punto por punto cuanto iba a pasar en la ceremonia que se preparaba.
En el Palacio Nacional había multitud de grupos formados por las corporaciones, los empleados y cuantas personas deseaban concurrir a tributar los últimos honores al difunto Presidente de la República.
Los cuerpos de la guarnición, destinados a formar la columna que había de cerrar la marcha del cortejo, se extendían en una línea de batalla, y todos aguardaban en silencio que sonara la hora en que debía dar principio la triste solemnidad.
A las nueve en punto fue bajado el cadáver del Sr. Juárez del catafalco en que estuvo expuesto en público en el Salón de Embajadores, y colocado en una caja de zinc, en presencia de multitud de espectadores, y presidiendo el acto el Gobernador de Palacio, General Zerega y el Coronel Novoa, ayudante del Sr. Juárez. Acto continuo se cerró la caja de zinc; soldada ya, en un sencillo ataúd de caoba, que no tenía otro adorno que dos ramos realzados de oliva y de laurel, en cuyo centro se destacaban esculpidas estas dos palabras: B. J. El cadáver fue conducido al carro mortuorio, bajando por la escalera principal de Palacio. Escoltábanle unos valientes escogidos entre los que habían acompañado a Juárez en su azarosa peregrinación hasta la frontera del norte. Todos ellos tenían arrasados los ojos en lágrimas.
A las diez de la mañana, cuatro cañonazos anunciaron a la Ciudad que el cadáver del ilustre difunto salía para ser conducido a su última morada. Los millares de espectadores que invadían las calles de la carrera que debía seguir la comitiva, se agitaron, y el fúnebre cortejo empezó a desfilar por entre una valla compacta del pueblo, en la que se confundían personas de todas clases y condiciones.
Todos los balcones de las casas particulares y de los edificios públicos, ostentando enlutados cortinajes, estaban atestados de gente; casi todas las señoras que había en ellos vestían luto; las azoteas estaban coronadas de inmensa muchedumbre, y en cada encrucijada se movía y aglomeraban miles de individuos, codeándose sobre las puntas de los pies, manifestando una curiosidad ávida para no perder ningún detalle de la majestuosa ceremonia.
Una escuadra de batidores de caballería, vestidos de grande uniforme, montados en magníficos caballos negros, rompía la marcha. Seguían luego los alumnos de las escuelas municipales y los asilados de los establecimientos de beneficencia, entre los que se había intercalado el Ayuntamiento de México y Mixcoac; cerrando el grupo el Colegio de Minería y la Escuela de Sordomudos, y formando por todo una masa de cerca de mil individuos. Los niños pobres de las escuelas gratuitas llevaban en el brazo izquierdo lazos negros en señal de duelo.
Inmediatamente después, se ostentaba un pabellón blanco, coronado por un águila de ébano adornado con crespones negros, y unas bandas que con letras negras tenían escrito estas palabras: Gran Círculo de Obreros de México. Dominaba un grupo de doscientos obreros que caminaban de dos en dos y con digno y decoroso aspecto, precediendo inmediatamente a los alumnos de las Escuelas Preparatoria, de Jurisprudencia y de Medicina.

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